El río del olvido

A ver cómo me las apaño. Estoy en una habitación de la Unidad de Cuidados Intensivos del Gregorio Marañón con el cuerpo cableado y una especie de dedal en el dedo corazón de la mano izquierda, que es uno de los dos que utilizo para escribir. Igual se me deslizan un par de anacolutos. Ya dije hace un par de semanas que iba a someterme a una delicada intervención: tenían que sustituirme la válvula de la aorta. Ahí es nada. Era necesario. Hace cuarenta y ocho horas crucé ese Rubicón. Lo hice de la mano del doctor Fernández-Avilés, jefe del Servicio de Cardiología de la institución citada y maestro indiscutido e indiscutible en la ciencia, el arte y la artesanía de la reparación quirúrgica de la red de cañerías del corazón. Todo ha salido bien. Mañana me darán de alta y podré volver a galopar. Un sol radiante entra en la habitación. He dormido bien. Estoy de excelente humor. La experiencia ha sido tan enriquecedora como lo fue mi paso por el Ruber hace catorce años para que me instalaran tres bypasses en las coronarias. Entonces escribí un libro entero
«Kokoro. A o muerte» en el que narraba la experiencia en forma de diálogo con mi ángel de la guarda. Ángeles de la Guarda han sido también todos los colaboradores del doctor Fernández-Asís en el Departamento de Hemodinámica –más que ambulatorio parecía amabulatorio– donde me han operado. Había un enjambre. Diez o doce especialistas, si no más, rodeándome, explorándome y aplicando, solícitos y exactos, todas las precauciones que el caso requería. El instrumental era de ciencia-ficción. Aquello parecía la NASA antes de enviar un vehículo al espacio. No me aplicaron anestesia general. Estaba yo sedado y los oía a todos, y de modo muy especial, con el ahínco que cabe suponer, prestaba atención a las instrucciones impartidas por el mariscal de campo. Todo me llegaba entrecortado y mezclado con visiones psiquedélicas, viajes planetarios, paisajes y seres fantasmagóricos, pero nunca hostiles, y fugaces apariciones de mis seres queridos. Algo muy similar a un good trip de LSD. Al cabo de un par de horas me bajaron a la habitación. Miré alrededor, desconcertado. No sabía dónde estaba. Volví la cabeza hacia la persona que me acompañaba y le pregunté: «¿Qué hago aquí?». Ella se rió. Fue fantástico. Era como el comienzo de una película. Había cruzado el río del olvido. El despiste sólo duró un minuto. Enseguida volví a la real, y aquí me tienen.


Source: Noticias sobre la Salud

Autor entrada: admin